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Esperaba ansioso que dieran las 7 de la mañana. Como cada día, desde hacía meses, Carlos se había escondido tras los rododendros para poder verla. Con las primeras luces mañaneras, dibujada su silueta contra la bahía de Málaga, en la Torre de la Vela, aparecería ella: su imagen soñada; la dueña de sus sentimientos.

No sabía de donde venía; ni quien era, ni siquiera cómo conseguía entrar en la Alcazaba cuando él aún ni había abierto. Pero parecía tan sola, tan triste…

Como un fantasma, la figura de la chica apareció de entre los setos. Con su habitual semblante frágil y dulce, encaminó sus pasos hacia la Torre, y allí, absorta, inconsciente de las miradas de Carlos, abrió el pequeño libro adornado con ribetes de oro y se puso a leer. Ese libro la acompañaba día tras día; parecía ser su único amigo; el único consuelo para una vida atormentada.

Carlos, tan tímido él, permanecía escondido, asustado de aquel primer contacto que tanto su corazón como su cuerpo le pedían. ¿Miedo? Realmente no sabía si era miedo a vencer su timidez o lo era a perder esa visión irreal; a perturbar su paz, a ser rechazado, a estropear el sueño de tantos meses… pero no podía estar eternamente así.

Aquella pequeña distancia que los separaba le parecía una inmensidad. Le pesaban las piernas, le temblaban las manos, pequeñas gotitas de sudor le perlaban la frente. Aún así, salió de su escondite y como en un sueño, sintió que sus pies se movían lentamente.

Amor eternoAl sentirlo cerca, ellá se volvió. Se cruzaron las miradas. “Son los ojos más bonitos que he visto nunca”, pensó. “Tras ellos parece ocultarse todo un oceano de sentimientos y pasiones, de coraje y furia”.

Dos palabras rompieron el silencio: “te esperaba”, la oyó decir.

Los momentos siguientes fueron los más largos, o quizás los más cortos, quién sabe, de su vida.

Ella se acercó. Sintió el abrazo cálido de su mirada; su piel suave y acogedora bajo las finas telas de su vestido; su cuerpo encendido por el amor. Vio como sus manos se dirigían hacia los lazos del vestido, sobre sus hombros, y sin dejar de mirarlo, lo dejó caer. Frente a él quedó el cuerpo más bello y delicado que pudiera imaginarse; de cristal y sedas. La misma luna en forma humana, el mismo sol caliente, la misma playa rompiendo sus olas contra su corazón. Y lloró… de los ojos de Carlos se desprendieron dos lágrimas que surgían de lo más profundo de su corazón; de un tiempo pasado que había permanecido perdido en su alma, siempre, esperando aquel preciso momento.

Levantó su mano para acariciarla, para tocarla, para alcanzarla, para deslizar entre sus dedos los rizos de aquella melena que tanto había deseado. Era un grito interno, un llanto, una súplica, la que subía de sus entrañas; un canto que buscaba la melodía con la que enlazarse.

Al rozarla, con aquel primer contacto, la melodía apareció. Fue la llave dorada que abrió las puertas del tiempo, y ambos se vieron envueltos en un torbellino que parecía arrastrarlos a lo desconocido.

Año 1.493

Al ben Mowarán paseaba desesperado por los pasillos del castillo. Su mundo se había vuelto un laberinto de sensaciones ingratas cubiertas por un amor lleno de espinas. Le herían el corazón. Él, el hijo de Yusuf Mowarán, capitán de las tropas del castillo, nacido y educado para pelear; para luchar y defender a Alá, a su Rey y a su castillo. Se había jurado que daría su sangre y su vida por evitar que aquellos cristianos se hicieran con las llaves de Málaga. Era éste el instante cumbre de su vida; aquél por el que había venido al mundo.

Los Reyes Católicos estaban a las puertas, asediándolos; ya habían instalado sus tiendas en la Puerta del Teatro, o Bib Almala-ab, como ellos la llamaban y ahora, en ese preciso momento, él sentía miedo. Pánico, no por él, sino por su nuevo amor. ¿Cómo había podido dejarse arrastrar por aquellos sentimientos? ni siquiera era de su escala social. No estaba a su alcance; aquel amor le estaba prohibido; Yaiza, una bella esclava de ojos pequeños y profundos como el mar; de figura perfecta y suave; de torso delicado y corazón grande; de un rostro angelical con una sonrisa capaz de mover al Mundo.

Su padre le había advertido que debía dejarla y olvidarse de ella. Era su honor el que ponía en juego. Su historia, su familia.

Las trompas volvieron a sonar anunciando un nuevo asalto y sacándolo de su ensimismamiento. Cabizbajo miró hacia las ventanas de los aposentos, pero estaban cerradas. Triste se dirigió a las murallas. Era su deber contra su corazón. Su familia, el honor y el respeto contra su amor.

La batalla comenzó, cruenta, sanguinaria. Aquél sería el último asalto. Aquel mismo día caería la Alcazaba y él entregaría su vida allí mismo. No pudo evitarlo; escondiendo el rostro, se giró llorando.

La vio. Estaba allí, detrás, Yaiza. Ella corrió, subiendo las escaleras que lo llevaban hasta su posición. Él dejó su puesto corriendo hacia ella.

No tuvo tiempo, ni supo cómo. Una flecha pasó silbando junto a su hombro para ir a clavarse en el pecho de su amada. Aquella flecha pareció atravesarle su mismo corazón. ¿Partido, quizás? No, unidos. Aquella ballesta mortal los había unido para toda la eternidad. Arrodillado a su lado, su cabeza entre las manos, lloró amargamente. A su lado oyó una voz conocida.

“¡Cobarde!”, le gritó su padre, con la ballesta en las manos. “Abandonaste el puesto por esa esclava. Ensuciaste el honor de la familia y ni ella ni tú merecéis vivir”.

Al ben Mowarán levantó los ojos y miró a su padre. Tuvo el tiempo justo para verle cargar nuevamente la ballesta, apuntarle y disparar.

Poco antes de morir aún pudo oir las palabras de su padre:

“¡Maldito sea por siempre aquél que se hacía pasar por mi hijo! Que todos tus descendientes vivan siempre anclados a las puertas de este castillo, y que esa que creías ser sangre de tu sangre y vida de tu vida también sea maldita. Que vague para siempre, condenada a vivir entre las murallas del castillo”.

Carlos sintió entre sueños el suave beso en los labios de la muchacha. Sintió su piel, su calor, el sabor de su aliento, sus palabras susurradas. Abrió los ojos, pero no la encontró.

Durante un año Carlos acudió puntualmente cada mañana a esa Torre, pero no había vuelto a aparecer. Entonces recordó. Aquel extraño sueño. Aquel extraño viaje en el tiempo. Aquella maldición. Ella no volvería ya. La maldición se había roto. Sólo el amor podía romperla y ella lo había reencontrado.

Se asomó a la Torre, miró al Puerto, levantó el rostro y se dejó acariciar por la brisa marina. Encaminó sus pasos al exterior y ya en las puertas, se volvió y echó una última mirada a aquel castillo que había sido el hogar de todos sus ascendientes durante siglos.

Con pasos lentos se alejó, mientras recordaba los últimos susurros lanzados al viento por ambos aquella mágica noche…

“El amor rompe todas las cadenas que nos atan a nuestro mundo”, sonrió él.

“Esperaré lo que haga falta para que estemos juntos”, le contestó ella…

… sí, el amor verdadero es eterno, pensó…

Rosa roja

 

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