Las puertas del infierno, primera parte

Puertas del Infierno

Aquella mirada dura y sonriente se clavó en los guardias que lo custodiaban. Éstos sintieron cómo un escalofrío recorría todo su cuerpo hasta dejarlos desconcertados y sorprendidos mientras Bertrand Deschamps continuaba su último paseo, avanzando con pasos tranquilos y firmes en dirección a las puertas del infierno. No se atrevían ni a tocarlo tal era el respeto que le tenían. Él era el mismo demonio, el fantasma largamente aguardado durante tantas generaciones, escrito con plumas de fuego y sangre en leyendas aterradoras de sus antecesores.

El ruido de las cadenas que aprisionaban sus manos y tobillos y que le impedían moverse normalmente restallaban en el silencio del pasillo, sólo roto por los gritos del clamor popular en el exterior.

Al otro lado de aquellas puertas, el inspector Ionescu se movía inquieto, repasando mentalmente todo el procedimiento, intranquilo porque algo se le escapaba de las manos. Lo sabía pero no acertaba a saber qué. Aquellos crímenes habían alterado la paz de su Sighisoara natal en los últimos dos meses y la resolución del caso había sido demasiado rápida y sencilla.

Bertrand Deschamps había aparecido en la pequeña ciudad rumana hacía dos meses…

… La imagen de aquella primera vez que lo vio en el bar de su amigo Niklo pasó nítidamente ante sus ojos. Su figura le impresionó: altivo, elegante pero imponente. Pálido y delgado, su mirada era penetrante pero oscura y profunda. El mismo frío gélido que aquel día le recorrió el espinazo, volvió a sacudirle nuevamente. En medio de un silencio casi doloroso, aquel extranjero avanzó arrastrando sus pies sobre el apelmazado serrín del suelo del bar, se dirigió al rincón y se sentó en una de las desvencijadas mesas; levantó una mano de dedos largos y huesudos y con una voz gutural que parecía arrancar desde las mismas entrañas del infierno pidió un vodka.

Sighisoara era una ciudad temerosa y asustada de su propio pasado y de las muchas leyendas que durante muchas generaciones habían recorridos sus calles. Allí había nacido Vlad Tepes, el Empalador. Allí, las historias de vampiros, de demonios y de muertos vivientes formaban parte de la cultura más negra de la ciudad. Allí, los niños dormían con el miedo de que alguno de esos seres apareciera del rincón más oscuro para llevárselos a su mundo, y las gentes se encerraban en sus casas apenas caía la noche. Muchos decían ver las siluetas de las almas en pena bajar de las montañas Carpatias para velar las calles de aquella asustada ciudad de Transilvania.

Era normal que la llegada de un extraño, de un ser tan peculiar, alterara la extraña paz que Sighisoara había conseguido con el paso de los siglos, y pronto comenzaron a surgir rumores y habladurías acerca de su solitario retiro en el viejo caserón de las afueras que había alquilado. Cuando bajaba a la ciudad, siempre para tomar su vodka poco antes de caer la noche, los vecinos lo miraban de soslayo con temor reverente y delicadamente se apartaban a su paso. Nadie había oído hablar de él antes; nadie conocía su pasado; ni siquiera su nombre o su profesión.

El primer crimen sucedió poco más de un mes después de su llegada a la ciudad…

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1 comentario

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  1. vitolink dice:

    Huuuuuuummmmmm! Sabor a historia de vampiros clásica. Me gusta. Sigo leyendo

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