Historias de un aeropuerto

Praga. Puerta G72. Salida: 18,30 h. Frente al panel electrónico miraban, aparentemente inquietos, dos turistas, rubio albino él, ella de pelo moreno azabache. Ambos ya mayores, alegres y felices.

«Así me gustaría llegar a mis 80 años; de la mano de una mujer que me quiera, y me mire con esos ojos de felicidad pintada en el rostro«, pensó Rafael, sentado como estaba en una de las mesas del McDonalds adonde se había tenido que dirigir para tomarse un simple café porque su economía no daba para más. «Y por cierto«, siguió pensando, «también me gustaría verme sentado en la terraza del Strómboli de ahí enfrente, y no tomando esta mierda de café aguado«, declaró enfurruñado entre dientes.

A su lado, una chica que parecía peruana y por su traje, empleada del aeropuerto, le decía a su compañero, con quien también se tomaba un café, que tenía a su marido en Lima y que no hacía más que pedirle que le mandara dinero. «¡Que trabaje, que bastante le mando!«… y Rafael se sonrió, mientras pensaba en el problema de vivir separados, en cómo afectaría a la pareja la distancia, y en las dificultades que seguramente había pasado la joven para integrarse en este su nuevo país. «El amor todo lo puede«, se obligó a pensar.

Su atención la atrajo esta vez una pareja joven que arrebolada se besaba apasionadamente sin parar, como si los labios se devoraran por primera vez; como si el aliento de los dos fuera el de uno sólo y ambos respiraran por el otro; ella, falda corta vaquera y un top; él, unas bermudas y chancletas. «Si no van al Caribe, me corto las… ésto, el bigote«, pensó Rafael, mientras volvía a mascullar, «el amor...» y el hombre luchaba por reprimir una lágrima de nostalgia y de cariño al mismo tiempo.

Más allá, uno con pelo engominado tecleaba sobre un portátil intentando pillar la Wifi; otros dos hablaban con marcado acento argentino sobre un mostrador, con papeles por delante, en lo que al parecer era un negocio importante.

Mil historias, sí, que pueden esconder traiciones, amores, odios, envidias, celos, romances, pasiones, o que simplemente, pueden no esconder nada.

Como tú, pobre Rafael, que te encuentras sentado en ese banco de un triste McDonalds, ante un triste café, con una triste música de flamenqueo, del Tomatito o el Lechuguita o vaya usted a saber, y solo. Sin nadie a quien contar, sin nadie a quien mostrar, sin nadie a quien ofrecer… nada, salvo un corazón que dejas escrito en líneas de tinta difusa en un trozo de papel encontrado al azar entre tu maremágnum de cartera, y que con el tiempo acabarán olvidadas o perdidas en algún cajón de tu mesa o quien sabe si escritas en un blog. ¡Cómo cambia tu percepción cuando esperas en ese mismo asiento el avión que te lleva hacia el que sabes es tu lugar, y cuando esperas al avión que te devuelve a tu cruda realidad!

Pobre Rafael que ves pasar la vida ante tus ojos, que ves las mil historias que suceden en el mundo, pero que no sabes agarrarte a ninguna.

Pobre Rafael que no te das cuenta que eres uno más en ese inmenso aeropuerto de la vida, con mucho que contar y mucho que ofrecer, pero pocos que lo quieran recibir…

Panel de un aeropuerto

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2 comentarios

  1. vitolink dice:

    Has captado estupendamente lo solito que está uno en un aeropuerto: todos tan iguales -estés donde estés-, como un limbo internacional donde temes sufrir el purgatorio del temido «Delayed»

    Me gustó, y me recordó mis malas experiencias en el aeropuerto de Praga.

    Un saludo y nos seguimos blogueando!

  2. Javier dice:

    Gracias Vitolink:

    La verdad es que los aeropuertos (igual que las estaciones)son curiosas porque parecen tener la capacidad de hacer aflorar todo lo que sentimos. O nos hacen sentir muy nostálgicos o muy alegres, según nuestro estado de ánimo. Pero sobre todo, al final, siempre resultan solitarias…

    Un saludo y nos seguimos leyendo

    Javier

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