Las puertas del infierno, segunda parte

Casa abandonada

Continuación de “Las puertas del infierno, primera parte

El inspector Ionescu miró con preocupación el cuerpo de la joven que había aparecido en la ribera del Vlatges: la tez pálida y blanquecina, con el vestido desgarrado y rastros de haber luchado desesperadamente por evitar aquel trágico final. Sin embargo, lo que aterrorizaba a los policías que asistían petrificados a semejante horror eran las dos marcas que aparecieron en su cuello. Las antiguas profecías y leyendas de vampiros habían atrapado en su red finalmente a aquella ciudad, y, logicamente, los primero pensamientos se dirigieron hacia aquel francés misterioso.

Las investigaciones del inspector lo llevaban siempre hacia un punto sin retorno. Todo el pasado de Bertrand Deschamps se perdía en un pozo de datos sin conexión alguna, en archivos que se habían perdido allá por donde iba pasando, en informaciones que parecían no tener sentido alguno. Cuando se presentó en su casa para interrogarle, la serenidad del francés era abrumadora. No había motivos, ni pruebas, ni nada que lo inculpara. Ni mucho menos podía ocurrírsele al inspector plantear un caso de vampirismo en los tiempos actuales.

Aquel sólo fue el comienzo de un torbellino de sucesos que desembocarían en la muerte de dos jovenes más en las mismas condiciones. La presión popular aumentaba y sus superiores querían un culpable para calmar los ánimos pues lo único que se necesitaba era reavivar viejas historias locales de dráculas en un lugar que además vivía gracias al turismo de la famosa ruta del Conde Drácula que visitaba una parte de los grandes castillos de Transilvania.

No había ningún otro sospechoso de modo que Bertrand Deschamps fue arrestado sin apenas pruebas y llevado a los calabozos entre fuertes medidas de seguridad. A partir de ahí, los acontecimientos se sucedieron con rapidez…

… Los escritos al Juez Federal se perdieron en la anticuada burocracia rumana; se incumplieron los más mínimos derechos del detenido, y el populacho pedía la cabeza del francés. Difícil labor para el abogado defensor que se enfrentaba no sólo a la presión popular, sino a todo un estamento policial y político que necesitaba urgentemente un culpable, lo fuera o no. Con esas premisas, el veredicto fue rápido: culpable. Bertrand Deschamps fue condenado a muerte en apenas una semana.

Con todos los sucesos de las últimas semanas dándole vueltas insistentemente en la cabeza, el inspector Ionescu iba a asistir en aquella sala al ajusticiamiento del francés. Aquéllo acabaría pronto, se dijo, pero su profesionalidad le gritaba que igual podían estar inculpando a un inocente. El inspector se agitó en su asiento cuando vio a su lado a una joven que silenciosa y con un velo negro que dejaba traslucir sus ojos color negro azabache, asistía también a aquel penoso espectáculo.

María Valverde había sido el único nombre que habían conseguido arrancarle al culpable: la única referencia que había hecho a ese oscuro pasado; la única petición que había realizado, tenerla a su lado en el momento de su muerte.

(continuará)

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2 comentarios

Comments RSS

  1. vitolink dice:

    Esto promete… ¿Para cuando más?

  2. Javier dice:

    Pues para muy prontito…

    Gracias por leerlo

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