Una página en blanco, última parte

Continuación de: primera parte y segunda parte.

A José algo se le rompió muy adentro. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Con los ojos vidriosos volvió a mirar hacia el otro sofá, el sofá donde María, su María, tantas veces le había acompañado haciendo croché.

Aquel fatídico día, un 24 de agosto, jamás lo olvidaría. Como ahora, también había estado leyendo; María, a su vera, terminaba una colcha que estaba haciendo. Llevaba unos años jubilado y al fin podía disfrutar plenamente de su compañía. Al fin harían ese viaje que tanto habían soñado; la acompañaría a comprar, podrían ir a comer a su restaurante preferido; ¡al fin podrían vivir! La miró y le preguntó si le apetecería salir a comer algo. Ella le dijo que sí. Se arreglaron, pues a ella siempre le gustaba ir bien, con su vestidito de calle, sus anillos, su pulsera y el collar de perlas que él le había regalado al jubilarse. Cogieron el SEAT y enfilaron calle abajo. María no paraba de hablar; tan pronto le contaba que la vecina se había hecho un peinado espantoso, como le contaba que en Tele 5 contaban no sé qué nuevo escándalo de no sé qué famosa, pero a él le encantaba oirla.

Fue un breve momento, apenas un segundo; él desvió la mirada para admirarla una vez más. Cuando volvió la vista a la carretera, allí estaba aquel pobre muchacho frente al coche, mirándole horrorizado; escuchó el grito desgarrador de María, el chirrido de los frenos sobre el asfalto.. pero no pudo hacer nada. Vio salir disparado al muchacho y caer como un pelele unos metros más allá; cientos de papeles revoloteaban a su alrededor. Con la mirada perdida, miró a su derecha, aún asustado, buscando el apoyo y el aliento de María… y la vio… un hilo de sangre caía entre sus mechones, sobre su frente. El parabrisas roto, y ni una palabra, ni un aliento en sus labios… José gritó; su grito desgarrado resonó por toda la calle, y su vida acabó para siempre…

La imagen final de aquel accidente la llevaba grabada a fuego en su alma; jamás se la podría arrancar.

José volvió la vista hacia el libro. Se forzó a seguir leyendo, a acabarlo; y aunque algo, muy dentro suyo, lo intuía, estaba ansioso por saber el final. A su espalda, los ventanales parecían agitarse cada vez mas bruscamente con la ventisca; un frío penetrante le recorrió la nuca.

El libro se había centrado en la vida de aquel pobre desgraciado que había sesgado la vida de Víctor, en su agonía, en su sufrimiento, en su pena. Quería morir, desaparecer del mundo. José pasó la última página del libro, pero… ¡estaba en blanco! Por un momento, se quedó extrañado, pensando en cuál sería el final de toda aquella historia y, repentinamente, se le hizo la luz. Al fin había podido recordar aquella cara. La había visto tres años atrás, en el cementerio. Había acudido al entierro del pobre muchacho, y esa cara, ese cuerpo, estaba allí, llorando desconsoladamente por su hijo muerto. “Su padre, era su padre”, pensó. Cansinamente, como en una imagen a cámara lenta, enlazó esa cara con el golpe que hacía poco había escuchado en la ventana, recordó el hilo de frío que le había recorrido la nuca y se dio cuenta de que aquel libro era su libro, de que aquella historia era su historia, de que aquella página en blanco la rellenaría él … y se volvió.

Tuvo el tiempo justo y necesario de ver frente a sus ojos el cañón de una pistola apuntándole. Miró al bibliotecario fijamente. Llevaba años pensando que él no merecía vivir, que no debía vivir, que no tenía derecho a vivir. Le dirigió una mirada de arrepentimiento, suplicando perdón, y un infinito alivio recorrió todo su cuerpo. Susurró entre dientes un “gracias”, y cerró los ojos para correr a reunirse al fin con María…

Antes de irse, el bibliotecario se acercó al libro, lo recogió del suelo, lo acarició con un inmenso cariño y, tras devolverlo a la mesita, suavemente lo cerró.

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