Dos mundos muy distintos

dos mundos distintos

Llevaba tiempo luchando por visitar a una hermosa niña a la que hacía más de dos años que apadrinaba. María Esperanza es su nombre. Alberto había vuelto de su viaje a Ecuador no hacía ni siete días. «Qué ojos tan tiernos tiene, y qué amabilidad irradian, tan pequeña como es». Sólo 4 añitos. 4, nada más, y apenas tenía con qué comer, ni un techo medianamente en condiciones donde dormir. Apenas una pequeña chabola para toda su familia; los padres y 4 hermanitos más… «Y así estarán muchos años, al menos mientras la sociedad actual no cambie», pensó Alberto, recordándolo. Siempre viviendo de lo que los demás quieran darle; de esos restos que sobran y dan porque no los quieren…

«¿Qué es la felicidad?», se dijo Alberto, instalado aquella mañana en su cómoda cama de metro y medio de ancho. «¿Le dedicamos el tiempo justo y necesario alguna vez para pensarlo? Nos sentimos más seguros, cuanto más seguro es nuestro entorno; cuánto mejor vivimos; cuánta más comodidad y bienestar hay. Tenemos nuestro ordenador, nuestra televisión, nuestro coche para desplazarnos; nuestro trabajo… y pensamos que con eso ya lo tenemos todo solucionado. No queremos que nada cambie, que todo siga igual y que nadie nos toque lo que tenemos. Necesitamos tener los pies firmes para dar otro salto y conseguir más. Y así se nos pasa la vida».

Aquella mañana, hace sólo 10 días, Alberto despertó en un incómodo catre en casa de María Esperanza. El no quería molestar ni mucho menos, pero toda la familia insistió agradecida por cuánto hacía por su niña. Se avergonzó; sintió como los colores le subían a la cara, como si hubiera hecho lo peor del mundo; «agradecidos ellos… pero si sólo colaboraba con apenas 10 euros mensuales…» Dos de los hermanos le cedieron su camastro donde dormían juntos. «pobres chavales», recordó, «esa noche durmieron en el suelo sobre una esterilla». Por más que se negó, las lágrimas de la niña porque no se fuera le dieron un vuelco al corazón. Esa carita de ángel se lo pedía con la mirada… y aceptó.

La noche anterior cenó con ellos. En un pequeño cuenco, raído, despostillado… unos cereales y pescado, y apenas un trozo de pan. Se quedó con hambre, con mucha hambre, pero no se atrevió a comer más, a pesar de que le ofrecieron cuanto tenían en su pequeña cocina. Esa mañana se había despertado temprano, a las 7, dolorido y muy cansado. Toda la noche había tenido pesadillas; en esa pesadilla se había encontrado sólo en una balsa; rodeado de muchos más como él, pero inmensamente sólo; sin nada que llevarse a la boca; con mucho frío; y un inmenso mar que lo rodeaba. No sabía cómo se encontraba allí, en aquella balsa, pues poco antes había estado discutiendo con su jefe un nuevo plan de objetivos para la empresa con los que obtener más beneficios…. Era una pesadilla, tenía que ser una pesadilla… y entre sudores se obligó a despertar….

No pudo evitarlo; de nuevo en su tierra; en esa Asturias que tanto quería y veneraba, y en su habitación se echó a llorar amargamente. No podía dejar de pensar. «Mi vida es una sucesión de objetivos; de lograr mejorar, de acaparar más; tener lo último en informática; cambiar el vestuario cada temporada; viajar; disfrutar… y no me siento satisfecho hasta que no logro ese poquito más, sin darme cuenta que en el momento que logro ese pequeño objetivo, me surge uno nuevo… ¿es eso ser feliz realmente? ¿a cuántos de nosotros no nos gusta nuestro trabajo porque no nos sentimos bien valorados? ¿cuántos nos quejamos de que la televisión cada vez está peor, o de que ya no nos podemos permitir la vivienda que quisiéramos? Y lo que es peor…. ¿cuántos nos planteamos que un 70% del mundo ni siquiera se puede quejar de su televisión, o de su trabajo o de tener la vivienda que quieren, sencillamente porque no la tienen?… como mi niña, como María Esperanza.

¿Son infelices porque no tienen todos nuestros lujos? Da igual el motivo, que sea porque no conocen nuestros adelantos o porque no conocen nada mejor; el caso es que con lo que tienen saben vivir conformes.

Aquella mañana de hace 10 días, Alberto salió de la pequeña chabola y cerró sus ojos al sol. El chavalerío, que se congregaba en el camino arenoso, dándole patadas a un balón de trapo, se paró para mirarlo con curiosidad. La madre de la niña salió secándose las manos en el delantal; le enseñó una sonrisa de oreja a oreja y le preguntó si había dormido bien. Llevaban dos horas levantados, desde el amanecer, pero no habían querido despertarlo. María Esperanza se encontraba en el río lavando sus pocas ropas y las de sus hermanos; Juan, el padre, y sus tres hermanos se habían ido al campo a trabajar… en aquella tierra olvidada de Dios no había domingos, ni fiestas… Alberto preguntó dónde podía tomar un baño, y uno de los chavales se ofreció a llevarlo al sitio. Justo a la espalda de la chabola, lo hizo entrar tras una cortinilla, y le dijo que se desnudara… cuando miró hacia arriba, vio como el chaval le vaciaba el primer cubo de agua fría sobre la cabeza… ese repentino grito que le salió de dentro al contacto con el agua fría hizo reír con estrépito a todos los niños de afuera…. pero qué bien le sentaron aquéllas risas….

Como si aquel baño se lo hubieran dado en este momento, la impresión de aquella ducha fría repentina le hizo sonreír y volver a la realidad. Se enjugó las lágrimas y con desgana cogió el mando de su televisor y lo puso, más mecánicamente que otra cosa. A pesar de que delante suya las imágenes de la TV pasaban, en su vista y en su recuerdo estaban clavados los ojos de aquella gente. En la conformidad con su vida que parecían reflejar. «Verlos como se acercan a ti, no para pedirte, sino para compartir lo poco que tienen. Verlos cantar; verlos reír… y quizás ahí es donde esté el truco», pensó. «En vivir conformes con lo que se tiene; en no ambicionar más; en no querer lo de los demás, sino en compartir lo de uno mismo. Justo lo contrario a lo que ocurre en todas las sociedades consumistas, en las cuales, por supuesto, yo me incluyo. ¿No es quizás nuestra obligación inculcarles a nuestros hijos esa filosofía de vida? Hacerles creer en la solidaridad. Buscar en lo más profundo del corazón y de las conciencias y simplemente aplicar algo tan sencillo como «no desees para los demás lo que no quieras para ti».

Pero no; es más sencillo olvidarse del mundo que nos rodea y vivir a nuestro antojo. La ambición, el egoísmo, es nuestra lacra… la que poco a poco nos hunde en la mayor de las miserias humanas: la insolidaridad.

Las noticias de la mañana volvían a contar en la TV que una nueva oleada de kayukos habían llegado a las costas de Tenerife. «Más pobres almas que buscan algo en la vida. Y es en situaciones límites como las que desgraciadamente vivimos en nuestro país con el problema de la inmigración donde vemos que el problema de la insolidaridad es así. Porque no sólo no nos apiadamos ni solucionamos el problema, sino que incluso cada vez más se oyen las voces racistas; los que hablan de echarlos sin más; los que dicen que España para los españoles; los que piensan que los que llegan sólo son delincuentes que vienen a quedarse con nuestros trabajos y nuestras mujeres y hombres. No evolucionamos, sino que encima volvemos a la Edad Media.

No se nos ocurre pensar que en su país mueren por no tener nada. Porque los países ricos se lo estamos quitando todo. Porque sus hijos y sus familias pasan hambre y como cualquier ser humano, hacen lo que haríamos cualquiera de nosotros. Nadie piensa que ellos sólo buscan su rincón en este mundo; que no ambicionan mucho más de un pedazo de pan y algo de dinero para enviar a su casa… nadie piensa que el mundo más allá de todas las fronteras es un mundo para todos y de todos…. Se nos ha olvidado que no hace muchos años fuimos los españoles los que buscábamos un rincón en el mundo que nos acogiera… y fueron países como Argentina o Chile, a finales del siglo XIX y principios del XX, o Alemania y Suiza tras la guerra civil, los que nos recogieron con los brazos abiertos.

Pero preferimos vivir en nuestra burbuja, sin que vengan a romperla esas «malas gentes» como desgraciadamente dicen algunos. No pensamos que la felicidad no es sólo nuestra felicidad, sino la felicidad de cuantos nos rodean… hacer feliz a los que te rodean hará que el alma se haga grande. Y te sentirás feliz e inmenso, como nunca lo has sido con muchas de las cosas que nos compramos….

En apenas unos días con ella, aquellos ojos de María Esperanza le habían enseñado todo eso. Sus ojos eran puro agradecimiento por haberles dado esos minutos de su vida. Por haber compartido con ellos esas sonrisas y esas canciones. Y no le habían pedido nada a cambio más que un abrazo. «Ojalá pudiera darles algo más de lo que les dí… Ahora aquello se ha convertido en un apoyo para mí. Al final, ha sido mucho más lo que ellos me dieron a mí que lo que yo les dí a ellos. Sólo tengo que pensar en aquellos momentos y mi ánimo se levanta; las ganas de luchar, las ganas de vivir…

Aún así…

… una parte de mí se quedó allí, con ellos… para siempre».

Publicado por mí, Javier Gómez, bajo el pseudónimo de thort.

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1 comentario

  1. Carmen dice:

    Y es que ya lo dice la sabiduría popular: «No es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita».

    Un beso

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